viernes, 17 de marzo de 2017

La farsa de la Comunicología


 Decidirme por estudiar la carrera Ciencias de la Comunicación ha sido la mejor y la peor decisión de mi vida a la vez. La peor, porque he desperdiciado semestres en algo de cuya inutilidad me he dado cuenta por completo hoy, 17 de marzo de 2017. La mejor, porque precisamente gracias a esos años de exploración y experimentación, estoy aquí, redactando estas líneas, para prevenir que miles de jóvenes caigan en esta bazofia de seudociencia social.

 Antes que nada, voy a poner algunas cosas en contexto: la carrera Ciencias de la Comunicación a la que me refiero se ubica dentro de la Facultad de Humanidades (junto con Psicología, Sociología, Gestión del Turismo, Actividad Física, Ciencias de la Educación y Filología Hispánica) en la Universidad Autónoma 'Gabriel René Moreno', la peor de las tres grandes casas públicas de Educación Superior en Bolivia, ubicada en la más económicamente rentable de las tres respectivas grandes ciudades de Bolivia: Santa Cruz. Sé que la realidad que voy a describir puede no ser la misma para muchos, sé que en universidades de otras ciudades y naciones esta carrera tiene nombres distintos (Comunicación Social) o es una facultad (Comunicación y Cultura), pero estoy seguro que muchos de quienes lean esto y estén involucrados en esta gran y abstracta área académica que es la Comunicación, se sentirán identificados.

 Su nombre mismo lo dice, 'Ciencias de la Comunicación': se trata de varias ciencias aplicadas al estudio de un objeto en específico: la comunicación. Pero esto es algo tan absurdo como el hecho de crear una carrera llamada 'Ciencias de la Sociedad', y que se trate de una mezcla entre Sociología, Antropología, Medicina, Derecho y demás áreas involucradas con algo tan abstracto y universal como la sociedad.

 La comunicación es algo inherente a la sociedad, transversal a nuestro diario vivir y estudiable por tantas ciencias y disciplinas como estrellas hay en el universo. Podemos hacer una tesis sobre la evolución de X idioma desde la Filología, y estaríamos estudiando la comunicación. Podemos hacer un estudio sobre qué señas utiliza X tribu en su lenguaje corporal desde la Antropología, y estaríamos estudiando la comunicación. Podemos hacer una investigación sobre las campañas publicitarias más efectivas a lo largo del último trimestre desde el Marketing, y estaríamos estudiando la comunicación.

 Los teóricos de la comunicación son caprichosos a más no poder: quieren instaurar la comunicación como ciencia, cambiándole la letra inicial a una mayúscula (C) o agregándole, además de eso, el sufijo -logía. De hecho, estas personas pecan de 3 cosas principalmente:

  • Sinsentido. Muchas de las ideas que postulan, especialmente en las escuelas más posmodernas y marxistas (estructuralismo y teoría crítica), carecen de un nivel de comprensibilidad apta para ser dignas de debate científico. Todo es subjetivo, todo es relativo, por tanto, Juan Pérez puede inventar la idiotez que se le dé la gana y un día publicarlo en una revista 'especializada' en comunicación, asegurando que descubrió la rueda, y los monos que le rodean lo aplaudirán por su logro.
  • Redundancia. Durante décadas, es fácil ver cómo sacan 'nuevos' modelos, uno tras otro, que dan vueltas sobre la misma idea: emisor-mensaje-receptor. Pretenden venderse como propuestas de lectura aceptables para este campo del saber, pero no lo consiguen. Desde Harold Lasswell hasta Mario Kaplún, todos giran alrededor del modelo aristotélico. Una vez, mi docente de la materia de filosofía nos dijo que desde Aristóteles nadie había propuesto un modelo novedoso de la comunicación; ahora entiendo cuán profundas eran estas palabras.
  • Egoísmo. Estos individuos carecen de un nivel de madurez intelectual a tal punto, que quieren seguir y seguir con su verborrea menstrual, tratando de justificar desesperadamente aquello que les tomó una valiosa parte de sus vidas estudiar. Insisten en que la Comunicación es una ciencia, o en que la Comunicología es una ciencia, o, incluso en las mentes más tímidas, en que es solo 'un campo interdisciplinario' (bonita forma de disfrazar su pretensión seudocientífica). Cuando un individuo se da cuenta que está equivocado, hace un balance y retrospectiva de todo lo que ha hecho bien y mal. Al parecer, tipejos como Jesús Galindo Cáceres y su 'Comunicología Posible' no han entendido esto.

 Es curioso que la Comunicación naciera como 'campo de estudio' en el siglo XX, una época en la que por primera vez el ser humano tiene mucho tiempo libre. Esto último tuvo sus beneficios, como el permitir una mayor interacción con la familia y cultivar el afecto, pero a su vez, tuvo sus perjuicios. Resulta que poco a poco más y más tipos decían "¡Oye! Ya que nadie estudió esta cosita del mundo y tenemos tiempo, ¿por qué no le entramos?", y otros respondían, "¡Dale! Vamos a convertir lo que hacemos en ciencia, ¡nuestra voz será escuchada!". Y así fueron surgiendo la Escuela de Frankfurt, y demás payasadas institucionales que ya conocemos.

 El problema principal con esta corriente de pensamiento, este síndrome del descubridor, es que se trata de gente que sobrepiensa las cosas. Creen que porque nunca antes alguien ha estudiado equis situación o elemento, merece que se le preste atención, y que ellos merecen ser escuchados por eso. Es más, es posible describir la mecánica de su accionar mediante la siguiente analogía: alguien puja, sale algo, está a punto de salir, pero en vez de salir un hermoso bebé, sale una horrenda hez fecal. La ciencia pare bebés; la seudociencia, heces fecales.

 Los 'comunicólogos' persisten en su reconocimiento como cientistas sociales, científicos sociales, o como diantres se quieran llamar; sino, se conforman con que les digan 'técnicos en comunicación' o 'investigadores'. No sé a quién quieran engañar con eso. Lo cierto es que todo aquello que se han rajado años en estudiar, podrían abarcarlo otras áreas del saber. Vamos por partes:


  • Lo relacionado a medios audiovisuales (radio, televisión, video, cine) podría abarcar simplemente alguna carrera de Producción Audiovisual.
  • Lo relacionado a prensa (periódicos, revistas, noticias digitales) podría ir para la carrera de Periodismo.
  • Lo relacionado a la codificación del lenguaje escrito (literatura) podría ir simplemente hacia la carrera de Filología Hispánica (no es necesaria una carrera de Literatura, cualquiera puede ser escritor, que me lluevan peras y tomates, pero así es).
  • Lo relacionado a la imagen y las ventas (semiología, publicidad y propaganda) podría ir simplemente hacia la carrera de Diseño Gráfico y a la de Marketing o Ingeniería Comercial, respectivamente.
  • Lo relacionado a comunicación organizacional (gestión empresarial, estrategia corporativa), podría ir simplemente a alguna carrera de Relaciones Públicas, o en su defecto a Administración de Empresas.
  • Lo relacionado a investigación (teoría de la comunicación, epistemología y demás) podría simplemente tirarse a la basura, no sirve para nada. Es más, aquí vale hacer un punto y aparte para desmembrar correctamente esta parte delicada, que son como los testículos de esos mentirosillos que se hacen llamar comunicólogos:

  1. Lo relacionado con lo que hace el emisor (la motivación de un medio de comunicación para dar tal o cual mensaje) y el canal (los intermediarios tecnológicos) iría para el área de Producción Audiovisual y también para Ingeniería en Telecomunicaciones, respectivamente.
  2. Lo relacionado con el mensaje y el código, para el área de Filología Hispánica y también Periodismo, respectivamente.
  3. Lo relacionado con el receptor (reacción de la audiencia, análisis de los efectos, etc.), es algo que incumbe a la Sociología, Psicología y Antropología.

 Y para aquellos que ardieron en rechinar de dientes al ver lo que dije sobre la Literatura, no nos mintamos, sabemos que es una realidad. Áreas creativas como esa, el Cine, el Arte y el Teatro, no requieren de licenciatura universitaria para ser reconocidas en la sociedad: ya gozan de un amplio historial de aceptación en el público, y eso nadie se los puede quitar. Además, ya hay Escuelas y Academias especializadas en eso. El hecho de que vivamos en un mundo competitivo donde la peor faceta del capitalismo se nos viene encima con el consumismo, la obsesión de llenar el currículum con títulos y títulos, y la ideología utilitaria de que si no hiciste una carrera no servís para nada, no significa que debamos elevar todo lo que el ser humano hace al título de una 'carrera' para que sea aceptable. Este es otro gran defecto del posmodernismo: el carrerismo, la obsesión por elevar todas las habilidades del ser humano a ese estatus, que no es más que una mera categoría burocrática del montón.

 He de admitir que yo mismo he caído en este último pecado al iniciarme como estudiante de Comunicación: creer que una carrera, distinta a lo que yo soñaba (producir animación), pero que era la que más se acercaba (y gratis), me iba a dar ese permiso para hacer lo que más me gusta y ganar dinero por ello, pero no fue así. Ahora, aquí, desde el asiento frente a mi computadora, pienso en seguir hasta el final (e insto a quien ya esté en el mismo pantano que yo a hacer lo propio), pero no para dedicarme a este Frankenstein académico que es la Comunicología, sino más bien para especializarme en algo que se acerque más a lo que me gusta.

 Por eso, insto también a llevar a cabo una cruzada contra esta todología que es la Comunicación. Los teóricos de esta 'ciencia' no saben ni lo que quieren, al menos la Química en sus inicios (alquimia) sí sabía muy bien lo que se proponía: convertir a un objeto en otro, por lo que dudo que la Comunicación sea siquiera una 'ciencia en pañales'. Por sentido común, cuando ves que un pedacito de hierba mala está creciendo, la cortás y punto.

PD: Todo lo escrito aquí, si bien proviene de experiencias a lo largo de mi carrera, explotó luego de mi lectura de la siguiente fuente bibliográfica que recopila sistemáticamente los modelos comunicativos que han existido a lo largo de la historia:

- Siles Espada, Hugo, "Amplificación Compartida. Modelos y Efectos de la Comunicación", La Paz, 1995.