lunes, 3 de agosto de 2015

La importancia de creer en una "verdad absoluta"



 Hoy en día, se podría decir que vivimos bajo una dictadura del miedo, donde no está bien visto elegir o blanco o negro, sino más bien explorar los grises y quedarnos ahí, bajo el pretexto de la objetividad y la imparcialidad. Presumimos de nuestra sabiduría cuando vemos cosas buenas y malas en ambas caras de la moneda, con el pretexto de que abogamos por la justicia, desviando así el concepto original de esta y escudándonos en el relativismo, la filosofía del cobarde.

 No es que esté mal explorar los diversos matices entre el blanco y el negro, pero se supone que esto se hace con el fin de reforzar o cambiar nuestra posición, no de hacerla tambalear como si acabáramos de pasar por una experiencia traumante. El que se queda con el gris es semejante a un acróbata que atraviesa la cuerda floja en uniciclo y no sabe si volver o avanzar hasta el final, de todos modos la cuerda termina rompiéndose por la presión de su peso y ellos caen por haberse quedado en el medio.

 "¡Todo es relativo!", cacarean las gallinas cluecas, mientras picotean las semillas de la frialdad, un alimento que les vende la ilusión de estar bien equipadas con argumentos de calidad, cuando en realidad son de dudosa lógica; es un alucinógeno capaz de hacerles ver sapiencia donde faltan agallas, de ver extremos donde hay firmeza.

 Estas ingenuas aves de corral posmodernas, enemigas de la razón y lame suelas de la ambigüedad, creen todavía en la dialéctica que les vendieron sus criadores: la negación de la negación. Bueno, incluso decir que "creen" en algo es hacer uso de un eufemismo verbal, ya que no parecen mostrar si quiera signos de ello. Una creencia implicaría ir hacia un lado o hacia el otro, pero estas criaturas no van hacia ningún lado, porque están mentalmente condicionadas a desconfiar de todo.

 ¡¿Qué clase de insensible y perverso tirano, pues, ha sido capaz de perturbar las mentes de estos seres que, con sumo e inocente amor por el conocimiento, comenzaron a indagar desesperadamente en busca de una meta en la vida para luego terminar engañados y masacrados psicológicamente?!

 Sea quien haya sido, hay que ser un sinvergüenza para atreverse a cometer semejante acto de maldad, que es el quitarnos un motivo para vivir. Así es, nosotros, quienes tan libres y reflexivos nos creíamos, ¡nosotros, los ambiguos!, hemos caído en una trampa tan perfecta, pero a la vez tan descarada, que lo perdimos todo sin darnos cuenta. ¡Nosotros, los autoproclamados guerreros de la objetividad! Hemos caído en la vergüenza del vacío ideológico, lo cual nos vendieron como algo útil y bueno, cuando en realidad es la peor de las desgracias, porque nos priva de la búsqueda del sentido de la vida, y no hay nada más peligroso para la chispa de la vida que un par de dedos apagándola.

 A pesar de todo, aún podemos renacer, podemos dejar a un lado los lamentos y recapacitar, detenernos a reflexionar sobre nuestro rumbo. Ya no seamos imparciales, seamos atrevidos. El atrevimiento es la madre de toda consecuencia. Es el miedo a las malas consecuencias el que nos nubla la vista para ver la luz al final del túnel, nos impide ver lo bueno y productivo de nuestras hazañas.

 ¡Qué tiempos aquellos, cuando uno luchaba por algo en lo que creía sin miedo a estar equivocado! ¡Qué honor debe haber sido el combatir por un ideal, por una creencia, por una verdad! "Verdad absoluta" le llaman los simios progresistas, hostiles ante la autoridad y permisivos con el libertinaje. A estos idiotas les encanta ver absolutismo hasta en la sopa, para así justificar su odio irracional hacia el orden y la disciplina, tomando una orientación rebelde en su actuar, disfrazado de romanticismo y alabado por los medios de comunicación, los cuales idolatran hipócritamente a la objetividad mientras escupen su propia versión de los hechos. Esto es prueba irrefutable de que el ser humano necesita creer en algo, en ese algo que tanto les gusta a los progres llamar despectivamente "verdad absoluta".

 No podemos defender nuestros ideales si no tenemos ideal alguno, si nos convencen de que creer en algo está mal; tampoco podemos hacerlo si no tenemos la fuerza para defenderlos, ¡precisamente vivimos en un mundo donde se premia a los débiles! Está de moda ser sumiso al hombre y no a la verdad, está de moda cultivar la materia más que el espíritu.

 En el preciso momento en que quieras luchar por tus creencias, vivir tu aventura propia en vez de observar las de otros pasivamente, vendrá tu oponente a decirte que estás equivocado, que tu meta no es la correcta o que el camino es otro. Esto sería lo más práctico y funcional, o al menos lo era en el pasado. Ahora no tienes un oponente, tienes a un perro que te ladra "fifty fifty", es decir, te apuñala con algodón en la punta de la espada, te parte la cabeza con un palo de goma. ¡Qué cobardía la suya! No sabe si aprobarte o reprobarte, si jugar a tu favor o en tu contra.

 Arriesgarse a apostarlo todo por una verdad es algo que solo las mentes más valientes hacen, pues al tímido le da escalofríos la idea de siquiera apostar. El tímido tratará de confundirte pretendiendo ser listo, te querrá perturbar con su astuta y sucia terminología disuasiva: extremismo, fanatismo, nacionalismo, todo vocablo acabado en "-ismo". ¡¿Y lo suyo qué es?! ¡¿"Timidismo"?! ¡Ah, cierto! Casi no hay terminología alguna capaz de poner a estas ratas en su lugar, porque quienes les mandaron a desviarse de su camino los equiparon con toda la maquinaria de guerra posible, pero a nosotros no nos armó nadie porque nosotros fabricamos nuestras propias armas.







 Y si no te buscan extremos, te dicen religioso. ¡Así es, pues, como ellos piensan que el mundo es prejuicioso, pero no se ponen a pensar sobre el hecho de que ellos son igual de prejuiciosos o más! ¿Qué culpa tiene, pues, el religioso de creer en algo? Los perversos atacan la religión porque saben que es la base de la espiritualidad humana. ¡La religión es lo mejor que haya existido jamás! Sin ella, estaríamos todos alocados como salvajes. Religiones y leyes regulan nuestro actuar, pues toda libertad conlleva una responsabilidad, si hacemos caso omiso de esto, seremos esclavos de la libertad y pensaremos solo en nosotros mismos.

 Ellos enfocarán la vista siempre en los excesos, están programados para ver lo peor, para ser pesimistas, para desconfiar de los ideales. "¿Y si todo sale mal?" es su frase favorita. Los tímidos prefieren quedarse como pollitos recién salidos del huevo en su nido de la conformidad, no quieren intentar volar porque tienen miedo de caerse, ¡no confían ni en sí mismos!

 ¿Qué sería de este mundo sin los corajudos de Gandhi, Bolívar o Evita? ¡¿Qué sería de nosotros sin el don de la valentía?! ¡No seríamos nada, por supuesto! La osadía mueve al mundo, sin acción no hay energía y sin energía no hay vida.

 ¡Ojo! Hay que tener mucho cuidado con quienes dicen ser abanderados del progreso y de los cambios, balbucean sandeces como la "revolución permanente" y demás intentos de caos sin motivación; son rebeldes sin causa que solo buscan desorden, ¿para qué?, sepa la Providencia. Sea cual fuere la situación, para identificar a estos mequetrefes solo hace falta estudiarlos, ver sus objetivos, analizarlos y sacar conclusiones, solo así podremos estar seguros de que estamos frente a verdaderos hombres dignos de respeto y no frente a payasos pretenciosos.

 No es posible encontrar una verdad que sea del bien de todos, porque el mundo es tan diverso que siempre va a haber un disconforme. Hay ciertos individuos que pretenden eliminar esta diversidad para implantar una sola cultura, un solo gobierno y una sola forma de pensar, pero esto es contra natura y hay que impedirlo a toda costa. Lo que sí es posible es encontrar una verdad para un grupo homogéneo, para una comunidad con lazos humanamente fuertes, con ideas en común, con creencias compartidas. De esto se supone que formamos parte, de nuestro propio círculo social, la prioridad es nuestro grupo, los de afuera vienen por añadidura.

 A los cobardes les gusta decir que tenemos lavado el cerebro, pareciera que envidiar nuestra osadía es un deporte para ellos. ¡Llámenlo como quieran, sanguijuelas cagonas! Si nosotros tenemos el cerebro lavado, ¡qué tendrán ustedes en vez de cerebro! Seguramente un roedor corriendo en una rueda de metal.

 Que el tiempo se encargue de dar la razón a quien sí la tiene, porque así también como dos más dos es cinco, hay una verdad que vale la pena defender y difundir. ¡Qué grande sería este mundo si hubieran más guerreros y menos ovejas!